Un regreso que no es una repetición
Este miércoles por la tarde, cuatro astronautas de la NASA despegarán desde Florida para emprender un viaje histórico alrededor de la cara oculta de la Luna. Si todo sale según lo previsto, será la primera vez en décadas que seres humanos se acerquen de nuevo al entorno lunar, y la primera tentativa de este tipo desde 1972, cuando concluyó Apollo 17 en el valle Taurus-Littrow.
La misión Artemis II cuesta 4.000 millones de dólares. Forma parte de un programa lunar más amplio que, en total, asciende a 93.000 millones. No es precisamente una salida barata para un paseo rápido, pero la idea de la NASA no es volver solo por nostalgia espacial.
Como explicó el recién nombrado administrador Jared Isaacman en una entrevista en The Conversation, Artemis continúa donde Apollo se quedó, pero con un objetivo distinto:
No se trata de volver a la Luna para plantar la bandera y recoger las rocas otra vez, sino de construir una presencia permanente, una base lunar que permita aprovechar el valor científico y económico de estar sobre la superficie.
Qué busca realmente Artemis
Artemis II es la segunda fase del ambicioso programa Artemis de la NASA, lanzado durante el primer mandato de Donald Trump. El plan contempla devolver seres humanos a la superficie lunar en 2028 y usar esa experiencia como escalón hacia las misiones tripuladas a Marte.
Si el vuelo de 10 días sale bien, NASA pasará a una misión tripulada prevista para 2027 que pondrá a prueba las capacidades de naves comerciales, construidas por SpaceX y Blue Origin, necesarias para aterrizar astronautas en la Luna.
La meta final es levantar una base lunar en la década de 2030, alimentada con energía nuclear. El coste estimado de esa instalación ronda los 20.000 millones de dólares. La parte de ciencia espacial siempre acaba teniendo un aire de proyecto de gran presupuesto, pero aquí hay una lógica bastante terrenal: tener presencia duradera en la Luna reforzaría el liderazgo de Estados Unidos en exploración espacial y abriría nuevas vías para la investigación y la actividad económica.
La profesora Sara Russell, científica planetaria del National History Museum, recordó que también hay una razón práctica bastante obvia: desde la Luna es más fácil lanzar cohetes, porque su gravedad es mucho menor que la de la Tierra.
Bonnie Dunbar, astronauta retirada y profesora de ingeniería aeroespacial que entró en NASA en 1978, lo resumió así en una declaración compartida con The Independent:
Artemis no es solo un regreso a la Luna, sino una puerta de entrada para vivir y trabajar en otro mundo. Estamos avanzando en ciencia, probando tecnología y abriendo el camino hacia Marte.
Menos burocracia, más cohetes
No todo se reduce a ciencia de alto nivel. También hay una estrategia industrial bastante clara. NASA quiere apoyarse más en hardware fabricado por empresas privadas para realizar misiones y alunizajes con mayor frecuencia, reduciendo además el coste para el Gobierno.
A principios de este mes, la agencia dijo que incorporará más componentes comerciales para lanzar misiones lunares más frecuentes, con el objetivo inicial de aterrizar cada seis meses y aumentar esa cadencia a medida que maduren las capacidades.
Isaacman ha insistido en que las próximas decisiones están pensadas también para sostener el liderazgo internacional de Estados Unidos en el espacio. En su versión, esto no va solo de ciencia, sino de no quedarse mirando cómo otros ocupan el terreno.
La competencia con China va en serio
La dimensión geopolítica es difícil de ignorar. Quien llegue primero y se asiente mejor en la Luna tendrá ventaja para influir en la economía lunar y en las reglas de lo que ocurra allí. Sí, incluso fuera de la Tierra hay asuntos de poder. Qué sorpresa.
China, a través de la Administración Nacional del Espacio de China, planea enviar astronautas a la Luna en 2030 y ha avanzado de forma notable en el desarrollo de su cohete y su módulo de alunizaje durante el último año.
Scott Pace, director del Space Policy Institute de la Universidad George Washington, lo dijo con bastante precisión: “Las reglas las hacen quienes se presentan”.
Isaacman también admitió que el tiempo corre en esta competición entre potencias y que el resultado se medirá en meses, no en años.
Si concentramos los extraordinarios recursos de NASA en los objetivos de la política espacial nacional, apartamos obstáculos innecesarios que frenan el progreso y liberamos la capacidad de trabajo e industria de nuestro país y de nuestros socios, entonces volver a la Luna y construir una base parecerá pequeño en comparación con lo que podremos lograr en los años siguientes.
En esa lógica encaja la decisión de NASA de retrasar la construcción de Gateway, la estación espacial lunar, para centrarse en la infraestructura que permita operaciones sostenidas sobre la superficie.
Quién viaja en Artemis II
La misión también tiene relevancia por su composición. Más allá de la política y del músculo industrial, Artemis II puede marcar hitos importantes en diversidad dentro de la exploración espacial.
Junto al comandante Reid Wiseman, la especialista de misión Christina Koch y el piloto de NASA Victor Glover están llamados a convertirse en la primera mujer y el primer hombre negro en viajar a la órbita lunar. El especialista de misión Jeremy Hansen, de la Agencia Espacial Canadiense, será el primer ciudadano no estadounidense en lograrlo.
Koch dijo a Space.com que la experiencia supone “un privilegio y una responsabilidad increíbles”.
El precio, los daños y las dudas razonables
Naturalmente, no todo son mapas de futuro y discursos inspiradores. También hay motivos serios para el escepticismo.
Una preocupación es el posible daño ambiental en el paisaje lunar. La humanidad ya ha convertido la órbita baja terrestre en una zona bastante saturada de satélites y basura espacial. Hay miles de satélites y muchos más restos y fragmentos que podrían chocar entre sí o interferir en futuras misiones. La gestión del espacio, como ocurre con todo lo demás, tiende a complicarse cuando se llena de cosas.
Además, los miles de millones destinados a Artemis podrían emplearse en problemas urgentes en la Tierra. El cambio climático, por ejemplo, se espera que cueste billones de dólares. Según una evaluación reciente de investigadores de Stanford, las emisiones de gases de efecto invernadero de Estados Unidos desde 1990 han provocado más de 10 billones de dólares en daños económicos globales.
Cada lanzamiento de cohete también añade contaminación a la atmósfera terrestre, incluidas emisiones de carbono que contribuyen al calentamiento global de origen humano.
La Administración Trump y el presidente Trump han calificado el cambio climático de “bulo” y “engaño”, y recientemente revocaron la propia conclusión de la Agencia de Protección Ambiental según la cual las emisiones del sector de los combustibles fósiles dañan la salud humana. Varios estados han recurrido la medida ante los tribunales.
Elon Musk, fundador de SpaceX, ha defendido como solución escapar de un planeta moribundo convirtiendo a la humanidad en una especie multiplanetaria, aunque después ha dejado de insistir en una estrategia exclusivamente centrada en Marte.
Aun así, la Luna sigue importando
Artemis II, con todo lo que cuesta y todo lo que simboliza, sigue siendo un paso relevante para ampliar el conocimiento humano sobre el espacio.
NASA sostiene que la Luna conserva 4.500 millones de años de historia y que puede ofrecer pistas sobre la evolución de la Tierra, del sistema solar y de los rayos cósmicos procedentes de la galaxia.
Especialmente prometedora es la región del polo sur lunar, donde la agencia espera construir una base. NASA señala que allí se encuentran algunas de las zonas más antiguas de la Luna, con una edad estimada de 3.850 millones de años o más, además de los márgenes de la mayor y más antigua cuenca de impacto del sistema solar, la cuenca South-Pole Aitken.
Así que sí, volver a la Luna cuesta una fortuna. Pero también puede servir para algo más que una foto con mucha épica y poca sutileza. Si el plan funciona, la próxima vez que miremos hacia arriba no estaremos viendo solo un destino lejano, sino una pieza bastante seria del futuro humano.