La realidad es clara y poco romántica: Estados Unidos domina el gasto militar global con alrededor del 37 por ciento del total, mientras que Irán representa menos del 1 por ciento. Sobre el papel, un enfrentamiento directo debería favorecer a Washington.

Pero la historia contemporánea muestra otra lección: las potencias tradicionales no ganan fácilmente contra adversarios que se refugian en tácticas insurgentes. Vietnam, Irak y Afganistán demuestran que ganar en el campo de batalla no siempre equivale a mantener el apoyo político y social suficiente para sostener una guerra.

Irán lo sabe y ha desplegado cuatro tácticas insurgentes clave para intentar obligar a Estados Unidos a retirarse.

Provocación

Golpear infraestructuras críticas y bases militares en el Golfo tiene una intención clara: provocar una respuesta militar estadounidense más intensa.

Ese escalón de violencia sirve a varios fines para el régimen iraní. Por un lado, cuando los bombardeos se intensifican, el coste humano y material dentro de Irán aumenta. Según el ministerio de Sanidad iraní, ya hay más de 1.400 muertos y más de 18.000 heridos.

Por otro lado, en Estados Unidos la opinión pública puede volverse contraria cuanto más crece el precio de una intervención sin una victoria visible. Una encuesta reciente de Reuters e Ipsos mostró que solo el 27 por ciento de los estadounidenses apoyaban la guerra. Esa erosión de apoyo genera presión política para poner fin al conflicto.

Si la provocación logra atraer fuerzas terrestres estadounidenses, Irán puede transformar el enfrentamiento en una insurgencia prolongada que elevaría las pérdidas estadounidenses y haría aún más impopular la campaña militar.

Desestabilización regional

Irán está atacando también a países vecinos del Golfo como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait, Catar y Baréin. A primera vista parece una estrategia arriesgada: son Estados con los que habrá que convivir cuando la guerra termine.

Pero el objetivo es claro. Durante décadas esos países han dependido de Estados Unidos como garante de seguridad, con ventas de armas y bases militares en su territorio. Atacarlos ahora crea presión en sus líderes para distanciarse de Washington y cuestionar la fiabilidad estadounidense como protector.

Si Irán consigue debilitar los lazos entre Estados Unidos y las monarquías del Golfo, podría alterar de forma significativa el equilibrio de poder regional y aumentar su propio margen de maniobra.

Armas ligeras y embarcaciones de ataque

Tras perder gran parte de su capacidad naval en las primeras fases del conflicto, Irán se reinventó con guerra naval asimétrica. Usa drones, lanchas rápidas, minas navales y midget submarines diseñados para aguas someras. Son herramientas sencillas, baratas y difíciles de contrarrestar por buques grandes y lentos.

Con esas tácticas ha logrado amenazar el estrecho de Ormuz, una arteria vital para el petróleo y el gas. Controlar, o al menos perturbar, ese flujo tiene un impacto económico global inmediato y otorga a Irán palancas de presión que no se miden solo en misiles o fragatas.

Ataques a infraestructura civil

Otra pieza de la estrategia es apuntar a infraestructuras civiles: aeropuertos, plantas desalinizadoras y centrales energéticas. Estas acciones afectan a la vida cotidiana, a la economía regional y global, y generan inseguridad entre poblaciones enteras.

La amenaza o el daño a activos civiles eleva la presión sobre gobiernos del Golfo y otros actores internacionales para pedir una desescalada y la retirada de fuerzas extranjeras.

La lógica del desgaste: Irán puede aguantar más tiempo

La lección de conflictos previos es consistente. El actor más débil no necesita derrotar militarmente al fuerte. Solo debe sobrevivir lo suficiente para que el coste político, social y económico para su adversario sea intolerable. Entonces, aunque el poderoso no “pierda” en campo, termina retirándose y el oponente puede reclamar una forma de victoria.

Irán está apostando a esa ventana temporal. El régimen está debilitado y podría desmoronarse a medio o largo plazo, pero su objetivo inmediato es seguir en pie el tiempo necesario para que la voluntad política estadounidense flaquee.

Qué debería hacer Estados Unidos

Si Washington quiere cambiar el curso de esta dinámica, necesita un giro profundo hacia un enfoque de contrainsurgencia clásico: dañar al enemigo pero ganar el apoyo de la población civil. Eso implica proteger infraestructuras y evitar daños colaterales masivos, algo que no ha sido la prioridad hasta ahora.

La experiencia en Irak y Afganistán ofrece lecciones: una campaña puramente militar sin una estrategia para preservar la vida y los bienes civiles rara vez es sostenible políticamente. Además, las declaraciones políticas que piden levantamientos internos no bastan si no se acompañan de acciones que reduzcan el sufrimiento de la población.

Reforzar la protección de civiles, minimizar víctimas inocentes y priorizar soluciones que permitan la viabilidad a largo plazo de la sociedad iraní más allá del régimen actual serían pasos coherentes con una estrategia que busque una salida menos costosa y más estable.

Conclusión

Irán no tiene la superioridad material para imponerse en una guerra convencional contra Estados Unidos. Su apuesta es diferente: usar tácticas insurgentes para multiplicar los costos políticos y económicos de la intervención estadounidense. Si la estrategia funciona, puede forzar una retirada sin necesidad de una victoria militar decisiva. La respuesta de Estados Unidos determinará si se prolonga la espiral de violencia o si existe una ruta para reducir daños y reconstruir confianza.