Otra vez con lo de comprar medios
Hay una máxima bastante antigua en el mundo empresarial: si no te gusta cómo te retratan en el espacio público, siempre puedes intentar comprar el altavoz. Sutil no es, pero suele resultar tentador.
Y aquí estamos otra vez. El gran capital, que nunca ha dejado de mirar a los medios con una mezcla de desprecio, fascinación y envidia, vuelve a meter la mano en el negocio. Incluso empieza a asomar una nueva generación de propietarios con más ego que paciencia.
OpenAI compra TBPN
El jueves, OpenAI adquirió TBPN, el programa de conversación tecnológica que se emite en directo por YouTube, X y otras plataformas. Sam Altman, consejero delegado de OpenAI, no escondió demasiado el motivo de la operación: dijo en X que TBPN es su programa tecnológico favorito y que quería que siguiera haciendo justo lo que hace. Añadió, con una honestidad poco habitual en estas operaciones, que no esperaba que fueran especialmente suaves con OpenAI y que él haría su parte para facilitarlo con alguna que otra decisión absurda de vez en cuando.
Fidji Simo, responsable de aplicaciones en OpenAI, comunicó a la plantilla que los fundadores de TBPN, Jordi Hays y John Coogan, asesorarán a la empresa en comunicación y marketing. En su mensaje sostuvo que, con la misión de llevar la AGI al mundo, existe la responsabilidad de crear un espacio para una conversación real y constructiva sobre los cambios que provoca la IA, con constructores y usuarios en el centro.
Dicho en lenguaje menos corporativo: la cobertura sobre OpenAI no les parece demasiado constructiva, así que han decidido comprar una plataforma que sí les guste.
Los Ellison también quieren jugar
OpenAI no está sola en esta fiebre. Larry Ellison, el peso pesado de Oracle, respalda la oferta de 111.000 millones de dólares de su hijo David para hacerse con Warner Bros. Discovery, propietaria de CNN. Ya el año pasado había apoyado la compra de Paramount, dueña de CBS News.
En una escala algo menor, David Ellison también puso el ojo en Bari Weiss, fundadora de Substack y figura muy visible del periodismo de opinión libertario. Su compra de The Free Press, en una operación de nueve cifras, fue presentada como una forma de darle un empujón a CBS hacia una nueva etapa.
Jamie Dimon también quiere entrar
Jamie Dimon, consejero delegado de JPMorgan Chase, declaró esta semana a Axios que quiere crear un negocio mediático. Su argumento fue que una parte importante de la mala política nace de una cobertura deficiente sobre asuntos clave.
“Creo que los medios son fundamentales. Los medios enseñan a todo el mundo. Los medios son el gran influyente”, afirmó.
No es el único ejecutivo importante que piensa así. Elon Musk, crítico habitual de la prensa convencional, anima con frecuencia a sus seguidores a compartir enlaces de X con amigos y familiares en lugar de depender de los medios tradicionales. Y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, convierte a la prensa en objetivo casi diario de su ira, mientras mantiene intacta su condición de personaje extremadamente accesible para ella. Una relación moderna, sana y nada agotadora.
Comprar la influencia siempre ha sido una opción
El interés empresarial por los medios no es nuevo. Coca-Cola llegó a ser propietaria de Columbia Pictures; Gulf & Western controló Paramount; General Electric dirigió NBC y Universal durante décadas. Hoy, Comcast posee NBCUniversal, Sony Group es dueña de Columbia y Amazon controla MGM.
Los magnates tecnológicos también han probado suerte en este terreno. Jeff Bezos pagó 250 millones de dólares por The Washington Post. Dr. Patrick Soon-Shiong compró Los Angeles Times. Marc Benioff, director ejecutivo de Salesforce, adquirió Time. Y en los años noventa, Microsoft, todavía bajo la dirección de su fundador Bill Gates, se asoció con NBC para lanzar MSNBC, en un intento temprano de fabricar una televisión más amable con la tecnología.
Los medios tienen glamour, generan conversación y, como recordó Dimon, mueven poder e influencia. Otra cosa muy distinta es gestionar de verdad una redacción, lidiar con reporteros y sostener la logística diaria de una marca informativa. Ahí es donde la cosa suele dejar de parecer un capricho elegante.
Bezos despidió a decenas de periodistas después de una apuesta de crecimiento fallida. Soon-Shiong hizo algo parecido. Benioff parece hoy más interesado en los agentes de IA que en el negocio de la revista. Y luego están los casos que sirven de advertencia, como Chris Hughes, fundador de Facebook, que compró The New Republic con grandes planes y descubrió que convivir con periodistas no es precisamente un pasatiempo sencillo.
Ir directo al público suena bien, hasta que no basta
La semana pasada, el inversor y copresentador del pódcast All In, Jason Calacanis, escribió en X que los fundadores no deberían hablar con la prensa, sino dirigirse directamente al público y apostar por pódcasts de larga duración. Sostuvo además que Wired y The New York Times son hoy tan sesgados como Fox News y MSNOW, porque ambos necesitan contentar a un bando u otro para sobrevivir, ya sea mediante suscripciones de tres dólares al mes o con titulares diseñados para provocar enfado y atraer publicidad.
Esa idea ha ganado tracción en Silicon Valley: si puedes hablarle al mundo sin intermediarios, ¿para qué molestarte con ellos? El problema es que, en un ecosistema mediático tan fragmentado, los medios tradicionales siguen siendo de los pocos grandes agregadores de atención. La mayoría de la gente no va a pasarse el día escuchando todos los pódcasts de todos los consejeros delegados del planeta. Sería demasiado pedir incluso para la economía de la atención.
Y cualquier directivo sabe que construir algo de verdad lleva mucho más tiempo que comprarlo. Por eso Netflix y Paramount persiguieron con tanto empeño Warner Bros. Discovery. Cien años de propiedad intelectual no aparecen por generación espontánea, igual que la credibilidad institucional y una audiencia fiel tampoco.
Se puede comprar rápido. Construir, no tanto
El auge de TBPN demuestra que hoy sí es posible ganar influencia con rapidez, sin necesidad de cargar con los adornos de siempre. Pero incluso en ese caso hay un detalle revelador: OpenAI no lo construyó, lo compró.
Y la historia de tantas compañías mediáticas compradas y revendidas por los poderes de turno sugiere que este negocio, por defectuoso que sea, tiene una habilidad notable para hacer que sus nuevos dueños se arrepientan con el tiempo. Al final, quien manda es la audiencia. Aunque a algunos propietarios les encante fingir lo contrario y mover la narrativa como si pudieran domar la realidad con una firma en un contrato.