Una desconexión en cámara lenta

Rusia está inmersa en un esfuerzo amplio y progresivo para aislar su internet del resto del mundo, según activistas y expertos. El proceso no tiene el dramatismo de un gran apagón nacional, porque claro, eso sería demasiado fácil de medir. En su lugar, avanza por partes: cortes de internet móvil en ciudades y provincias, más restricciones a determinados tipos de tráfico y nuevos bloqueos de Telegram, una aplicación de mensajería que para muchos rusos es casi una herramienta básica de la vida diaria.

La consecuencia es clara para millones de personas: una conectividad cada vez más limitada y una sensación creciente de que el acceso normal a la red se está volviendo un privilegio revocable.

Volodymyr Zelenskyy, presidente de Ucrania, lo resumió en X con su habitual tono mordaz al referirse a esos bloqueos: «Es un paso atrás, un paso de 100 años hacia atrás. Pronto podrían volver al correo en papel, los telégrafos y los caballos».

Más opaco que un apagón total

Arturo Filastò, investigador del Open Observatory of Network Interference (OONI), un organismo que vigila la censura en internet, explicó que la ofensiva rusa resulta «bastante más opaca y menos visible» que la de Irán. La razón es técnica, pero importante: la infraestructura rusa está más descentralizada, así que imponer una censura amplia es más difícil.

En Rusia, señaló Filastò, hay muchos más proveedores de internet que operan y gestionan sus redes con cierta independencia. Eso complica una desconexión uniforme y obliga a actuar por capas, con herramientas distintas y resultados desiguales.

La estrategia depende de equipos impuestos por el Gobierno y desplegados en distintas redes, con eficacias variables. Aun así, los datos de OONI muestran que desde el 20 de marzo Telegram ha sido bloqueado cada vez más. Las pruebas realizadas en más de 500 redes distintas apuntan a una interferencia generalizada con el servicio.

Telegram, bancos y la vida normal, esa molestia menor

Las restricciones no son un detalle técnico para especialistas. Afectan a servicios que la gente usa para comunicarse, trabajar y, como recordatorio de que la modernidad sigue existiendo, pagar facturas o consultar su cuenta bancaria.

Un usuario ruso resumió la situación en un vídeo difundido por una cadena bielorrusa: «Me voy a pasar al correo de palomas. Pago por internet y siento que me están robando cada mes. ¡Me quitan mi jodido dinero y no uso las ventajas de la civilización!». No era una declaración académica, pero sí bastante ilustrativa.

Los analistas de Amnezia VPN, empresa que desarrolla herramientas para sortear la censura, sostienen que los bloqueos de Telegram son más amplios y muestran una capacidad técnica mayor que intentos anteriores de limitar la plataforma. Detectaron problemas de acceso en más de una docena de regiones, incluidas Moscú y San Petersburgo.

En su lectura, los censores están «bloqueando de forma más burda y a una escala mucho mayor, sin preocuparse ya de si algo se rompe o se descontrola».

El escenario que viene: más bloqueos y más control

La tendencia, según varias señales, apunta a un endurecimiento adicional. Las autoridades rusas han sugerido en otras ocasiones que Telegram podría ser bloqueada por completo a partir de principios de abril. En marzo, el responsable de Rostelecom, la principal empresa de telecomunicaciones del país, aseguró que WhatsApp estaba «muerto» y que Telegram correría la misma suerte pronto.

Ambas aplicaciones parecen destinadas a ser sustituidas por Max, una nueva plataforma de mensajería nacional bajo control del Estado. Nada dice interoperabilidad como sustituir servicios ampliamente usados por una alternativa gubernamental diseñada para funcionar dentro de un sistema más cerrado.

Apagones móviles y sitios permitidos

Rusia también lleva al menos un año cortando redes móviles en amplias zonas del país y permitiendo solo el acceso a una lista blanca de sitios aprobados de antemano.

A principios de este mes, el internet móvil en el centro de Moscú fue cortado por completo, lo que provocó una interrupción considerable: los usuarios no podían acceder a servicios bancarios ni hacer llamadas telefónicas.

El impacto ya se nota también en el consumo cotidiano. Comerciantes rusos han informado de un aumento en las ventas de buscapersonas, mapas en papel y teléfonos móviles, mientras la población busca cómo adaptarse a las restricciones.

La censura, primero como excusa y después como rutina

Durante la mayor parte del último año, estos apagones y otras formas de censura se han presentado con excusas oficiales y una cómoda negación plausible, según Amnezia y Filastò. Al principio, las autoridades justificaban los cortes de internet móvil, a menudo limitados a regiones periféricas, diciendo que eran necesarios para protegerse de drones ucranianos.

Los analistas de Amnezia creen que esos apagones iniciales fueron una fase de prueba y que los censores actuaron con cautela para intentar minimizar el daño a las empresas.

Ahora, en cambio, afirman que «las actualizaciones parecen desplegarse en cuanto están listas» y que Roskomnadzor, la autoridad rusa de telecomunicaciones, está probando cómo funcionará la economía bajo restricciones estrictas en cualquier momento del año.

«Según nuestras previsiones, los apagones en Moscú serán más o menos rutinarios», señalaron.

Aunque por ahora las autoridades no han cortado las redes domésticas, sí disponen de la tecnología para hacerlo y podrían estar cerca de intentarlo. Los analistas recordaron que ya han observado apagones similares en Irán y que eso permite sacar conclusiones sobre cómo podría aplicarse una medida parecida en Rusia. Porque, llegado cierto punto, la infraestructura digital también se convierte en un instrumento político con bastante poco sentido del humor.