Una Casa Blanca que mira hacia otro lado
En privado, algunas voces cercanas a la Casa Blanca reconocen algo que en público cuesta bastante más: buena parte de las decisiones de la Administración no parecen estar pensadas con las legislativas en la cabeza. O, dicho de forma menos diplomática, el reloj electoral no está ocupando mucho espacio en la mesa.
Un interlocutor próximo al Gobierno describió así la inquietud que empieza a cundir entre los perfiles más políticos del entorno presidencial: mientras unos intentan calcular qué puede pasar en noviembre, da la impresión de que el equipo de Trump está ejecutando su agenda como si el calendario no existiera.
Del foco doméstico prometido a una agenda mucho más explosiva
El giro hacia una ofensiva más centrada en la economía interior, que la jefa de gabinete, Susie Wiles, había anticipado hace meses, no se ha materializado del todo. En su lugar, Trump ha llevado a Estados Unidos a otra guerra impopular, algo que ha irritado a varias voces ruidosas del movimiento MAGA por la distancia evidente respecto a la consigna de America First.
A eso se suma la subida continuada de la gasolina, un problema especialmente incómodo porque hace solo unos meses la Casa Blanca usaba precisamente el precio del combustible como una de sus defensas principales frente a las críticas demócratas sobre el coste de la vida. La política tiene estas cosas: lo que ayer servía para atacar al rival, hoy puede volver como un boomerang.
El contraste con hace apenas un año es notable. Entonces, Trump y su equipo se mostraban confiados, incluso combativos, y actuaban con energía política para proteger al partido de una derrota en las legislativas.
Uno de sus asesores resumía esa seguridad con una frase bastante reveladora: creían que podían pasar cuatro años enteros sin que el poder republicano en Washington se tambaleara. Rechazaban, decía, la idea derrotista de asumir que solo tenían una oportunidad de dos años.
El riesgo de convertir el miedo en profecía
Ese enfoque, sin embargo, puede acabar alimentando justo lo que Trump teme: un Congreso en manos demócratas durante la segunda mitad de su mandato. Un segundo interlocutor cercano a la Casa Blanca apuntó que el presidente probablemente ya asume, al menos en privado, que la Cámara de Representantes no está realmente salvable.
Otro alto cargo de la Administración rebajó el dramatismo y defendió que aún es pronto para hacer pronósticos. Según esa versión, no tiene sentido sacar conclusiones en marzo sobre lo que ocurrirá en noviembre, y la métrica clave sigue siendo el voto genérico, donde los demócratas mantienen una ventaja de cinco puntos, aunque la Casa Blanca insiste en que la posición es todavía tolerable.
La realidad, claro, suele ser menos amable que los comunicados.
Más allá del voto genérico, las señales preocupantes para los republicanos se acumulan. En Wisconsin, un estado bisagra que Trump ganó en 2024, su aprobación cayó al 42 % la semana pasada, según una encuesta de Marquette Law School.
Charles Franklin, el veterano sondeador de esa universidad, subrayó que el dato es el peor que Trump ha registrado en Wisconsin en un primer o segundo mandato y que su situación es hoy bastante más débil que a comienzos de año, sobre todo entre los independientes. Cuando la aprobación se hunde hacia la treintena baja o incluso por debajo, añadió, la alarma deja de ser teórica.
Trump admite el patrón, pero vende éxito
El miércoles, Trump reconoció que a los presidentes en ejercicio suele irles mal en las legislativas, aunque sostuvo que su presidencia está siendo un éxito.
Durante una cena de campaña para legisladores republicanos de la Cámara, afirmó que los presidentes que ganan, sean del partido que sean, casi siempre sufren en las midterms. Nadie sabe muy bien por qué, dijo, incluso cuando el mandato ha sido exitoso. Y remató asegurando que algunos consideran que este ha sido el mejor primer año de un presidente, algo con lo que él mismo dijo estar de acuerdo.
A estas alturas de su segundo mandato, definido por una ambición todavía mayor y por una ausencia casi total de voces que le lleven la contraria, Trump sigue instalado en una especie de modo sin frenos. El problema es que esa falta de contención, muy útil para la épica interna, puede dejar a su partido al borde de perder la Cámara y quizá también el Senado.
Un antiguo miembro de su equipo de campaña lo resumió de forma bastante cruda: los republicanos ya iban a tener una pelea complicada en las legislativas, pero Trump ha conseguido llevarla de complicada a casi imposible.
La estrategia republicana: cambiar las reglas, no el resultado
Hasta donde Trump ha prestado atención a las midterms, ha sido sobre todo para intentar inclinar el terreno a favor de los republicanos. El año pasado fracasó en su intento de redibujar distritos electorales para crear más escaños seguros para su partido. Ahora empuja medidas para restringir el voto por correo y endurecer los requisitos de identificación de los votantes.
Su gran prioridad legislativa, la llamada SAVE America Act, se presenta como una forma de blindar la seguridad electoral. El presidente la ha definido como su máxima prioridad, aunque no tiene un camino claro para salir adelante en el Senado.
En paralelo, la Casa Blanca ha permanecido casi muda sobre una propuesta para limitar la compra de viviendas por parte de inversores institucionales. Esa medida podría ayudar a los republicanos a vender alguna victoria en materia de asequibilidad antes de noviembre, pero por ahora parece aparcada. Una oportunidad perdida, sí. Nada especialmente nuevo en Washington.
La Administración defiende que la ley SAVE America responde a preocupaciones reales de los votantes. Un alto cargo insistió en que el presidente ha sido clarísimo al situarla en la cima de su lista legislativa, aunque también admitió que la seguridad del proceso electoral es un asunto esencial en cualquier cálculo de mitad de mandato.
Irán, la inflación y el ruido de fondo
Otro foco de tensión para el presidente es su decisión de no respaldar a más candidatos en estas legislativas. En Texas, por ejemplo, ha evitado intervenir en la carrera republicana que ha terminado en segunda vuelta, una contienda que enfrenta al senador John Cornyn con el fiscal general Ken Paxton.
Mientras tanto, entre los leales al movimiento MAGA también crece el descontento por la guerra con Irán. En una reunión conservadora en Texas, varios simpatizantes expresaron su frustración. Un veterano de Irak y Afganistán, con gorra de America First, llegó a decir que Trump había mentido sobre todo y que no existe un objetivo claro para Irán.
Más de seis de cada diez votantes desaprueban la gestión de la guerra por parte de Trump, y varios analistas creen que el conflicto tendrá un efecto duradero sobre los precios de la energía, incluso aunque haya un acuerdo en los próximos días o semanas.
La subida de precios provocada por la guerra y por el cierre del estrecho de Ormuz probablemente compensará buena parte de los beneficios económicos que debía empezar a notar la población este año tras la aprobación de la llamada One Big Beautiful Bill el año pasado. Y, por si faltaba algo, la atención de la Administración en las últimas semanas se ha desplazado hacia la guerra y hacia varias fijaciones más personales del presidente, entre ellas reformas en la Casa Blanca y en el Kennedy Center.
Eso ha dejado en segundo plano cualquier intento de hablar de bolsillo, facturas o asequibilidad. Justo lo que los votantes suelen agradecer cuando llega la campaña.
Un país pendiente del precio de la vida
Según una encuesta de Ipsos publicada esta semana, solo el 29 % de los estadounidenses aprueba la gestión económica del presidente, una cifra inferior a la que llegó a tener Joe Biden, cuya etapa estuvo marcada por una inflación tozuda. La aprobación personal de Trump, por su parte, ha bajado al 36 %, un nivel que históricamente suele anticipar derrotas amplias en las legislativas.
Los candidatos republicanos tendrán que recorrer la campaña con un electorado que quiere respuestas muy concretas sobre el coste de la vida. Y miran a la Casa Blanca para que les dé munición política sobre ese frente.
Desde el propio Gobierno siguen intentando vender el mensaje contrario: que la gran ley económica, el avance logrado por Trump en la economía y la promesa de que firmará una ley sobre vivienda serán suficientes para llegar a noviembre con algo que enseñar. La teoría es optimista. La práctica, por ahora, no tanto.