Trump vuelve a poner patas arriba la relación transatlántica
Donald Trump ha vuelto a sacudir la política internacional al decir que está “seriamente valorando” sacar a Estados Unidos de la OTAN. En una entrevista publicada el miércoles 1 de abril en The Telegraph, el presidente estadounidense calificó a la Alianza de “tigre de papel” y añadió, por si hacía falta más dramatismo, que también lo sabe Putin.
La respuesta del primer ministro británico, Keir Starmer, fue previsible: defendió que la OTAN es “la alianza militar más eficaz que el mundo haya visto”. Trump contestó con su estilo habitual, menos diplomático que una puerta que se cierra de golpe. Según él, el Reino Unido “no tiene ni una marina” y Starmer solo está pendiente de construir “molinos de viento”.
No es la primera vez que Trump amenaza con marcharse. Para intentar evitarlo, el pasado junio los países miembros de la OTAN se comprometieron a destinar el 5% de su PIB a defensa antes de 2035. Pero el problema no ha terminado ahí. Antes se quejaba de los europeos “aprovechados”; después de que los aliados de la OTAN se negaran a apoyar a Estados Unidos e Israel en Irán, Trump habló de “test fallido” y se declaró “muy decepcionado”. El efecto colateral podría acabar afectando también a las armas prometidas a Kiev, ya sea por redirecciones hacia otros frentes o por la presión sobre las reservas del Pentágono.
El gran susto para Europa: la seguridad ya no vendría de serie
Si Estados Unidos se saliera de la OTAN, el golpe sería sobre todo para la Unión Europea. Durante unos 70 años, Europa ha delegado su seguridad en los estadounidenses, que en la práctica han actuado como el socio dominante de una alianza pensada, en esencia, para estabilizar un continente que ya había arrastrado a Estados Unidos a dos guerras mundiales.
“La Unión se había acostumbrado, por así decirlo, a la paz”, explica Federico Fabbrini, profesor de Derecho de la UE en Dublín, actualmente Fulbright Schuman Fellow en International Security en Harvard y autor de L’esercito europeo - Difesa e pace nell’era Trump (il Mulino, 2026). Su diagnóstico es bastante menos romántico que el discurso habitual sobre la autonomía estratégica: el sistema europeo de defensa sigue siendo fragmentado, porque “la seguridad nacional sigue siendo competencia exclusiva de cada Estado miembro” y la UE solo actúa como apoyo.
Ese esquema empezó a resquebrajarse con la guerra de Ucrania y con el regreso de Trump. Bruselas respondió con herramientas nuevas, pero con problemas bastante viejos: instituciones pensadas para tiempos tranquilos, estructuras lentas y una coordinación que, cuando llega, suele llegar tarde y a medias.
Las herramientas de la UE, entre la ambición y la realidad
En su libro, Fabbrini analiza los instrumentos más recientes de la UE y su eficacia real. El primero es el reglamento ASAP (Act in Support of Ammunition Production), aprobado en 2023 con una dotación de 500 millones de euros para entregar un millón de proyectiles a Ucrania en un año.
El resultado fue, según el jurista, un fracaso bastante rotundo: la UE solo alcanzó un tercio del objetivo. Entre las razones, señala que el Consejo, órgano intergubernamental, privó a la Comisión de cualquier capacidad real para orientar a la industria de defensa y dejó todo en manos de la buena voluntad de los operadores del mercado. Una estrategia de fe, básicamente, en un sector donde el fervor voluntarista suele durar lo que tarda en llegar la factura. De forma casi demasiado apropiada, ASAP también significa as soon as possible.
El segundo gran instrumento es SAFE (Security Action for Europe), aprobado por el Consejo el 27 de mayo de 2025 con un techo de 150.000 millones de euros. Pero hay letra pequeña: se trata solo de préstamos que los Estados miembros deben devolver con intereses.
Fabbrini pone como ejemplo a Polonia, país para el que SAFE estaba claramente pensado. Allí, recuerda, el presidente de la República bloqueó la solicitud del primer ministro para acceder a esos fondos debido a las tensiones políticas internas. Un recordatorio útil de que la defensa común europea siempre acaba pasando por el filtro de la política nacional, que es precisamente lo que la vuelve tan poco común.
Tampoco ha funcionado como se esperaba la creación de una fuerza de reacción rápida de apenas 5.000 efectivos. Tardó tres años en quedar formalizada y, de momento, ni siquiera se ha desplegado. A eso se suman las “celosías nacionales”, que mantienen el mercado de defensa prácticamente fuera del mercado interior y favorecen monopolios de las industrias nacionales, capaces, según Fabbrini, de fijar los precios que quieran.
La coalición de voluntarios y la vieja debilidad de las decisiones a medias
Ante las amenazas de Trump, el 2 de marzo de 2025 nació la llamada coalición de los voluntarios, impulsada por Francia y Reino Unido, con la idea de ofrecer una “fuerza de aseguramiento” a Ucrania.
El problema es que se trata de una plataforma informal, cambiante y sin compromisos claros. Fabbrini la compara con una “fiesta de amigos”, donde la lista de asistentes fluctúa y nadie termina de comprometerse del todo. El libro es muy directo al respecto: las decisiones adoptadas en un foro intergubernamental son frágiles por naturaleza, lo que reduce su credibilidad ante terceros.
Y aquí aparece la cuestión de fondo: para decidir el envío de tropas a un lugar donde hombres y mujeres podrían morir, hace falta legitimidad política, no solo una foto de grupo y mucho verbo solemne. Algo que, por ahora, sigue faltando.
Alemania se mueve y el resto mira
En este vacío estratégico ha irrumpido el rearme de Alemania. Berlín modificó en apenas un mes su Ley Fundamental para permitir un endeudamiento sin límite destinado a defensa. Hace un año, el canciller Friedrich Merz anunció que quiere invertir mil millones de euros durante la próxima década y afirmó abiertamente que la Bundeswehr será el “ejército convencional más potente de Europa”.
Fabbrini lo describe como uno de los cambios de paradigma más históricos de la Alemania de posguerra. La velocidad del giro y el tamaño de la expansión fiscal recuerdan, dice, a la reunificación alemana.
La diferencia clave es la capacidad fiscal. Alemania es, quizá, el único país europeo con músculo suficiente para sostener un rearme serio. Pero esa apuesta en solitario de Berlín, en una Unión marcada por límites financieros y trabas de gobernanza, puede generar “profundas asimetrías” dentro del bloque.
El riesgo es claro: países como Italia quedarían relegados a un papel secundario, mientras el viejo proyecto de una defensa común integrada seguiría donde ha estado desde hace décadas, es decir, en el cajón. La UE lo tiene sobre la mesa desde 1951. Lo que no tiene, de momento, es la costumbre de usarlo.