Un estudio de ladrillo, una idea poco habitual

En un espacio de Venice con iluminación profesional, paredes de ladrillo y el aspecto exacto de muchos otros espacios con iluminación profesional y paredes de ladrillo de Los Ángeles, los actores pasan para hacerse fotos y grabarse en vídeo. El procedimiento es rápido, rutinario y perfectamente reconocible para cualquiera que conozca la cultura de rodajes de la ciudad, donde cambia el fondo pero rara vez el ritual.

La diferencia llega cuando se apagan las cámaras en las oficinas de Deep Voodoo, la pequeña firma fundada por Trey Parker y Matt Stone, los creadores de South Park. Entonces las imágenes y los vídeos se convierten en datos y se reparten entre expertos en modelos de IA repartidos por medio mundo. Uno trabaja desde Europa del Este, otro desde Argentina, otro desde Vancouver. Con esa materia prima y potencia de cálculo desde un centro de datos cuyo emplazamiento no se desvela, el equipo construye lo que el cliente necesita: un actor rejuvenecido, un deepfake o cualquier otra imagen sintética útil para entretenimiento.

No sería menos curioso aunque los fundadores no fuesen Parker y Stone, dos nombres asociados desde hace décadas a la irreverencia y al gusto por tocar la fibra sensible de medio planeta. Pero aquí están también como pioneros discretos de la IA, trabajando desde hace años para ayudar a productoras y estudios a resolver efectos visuales que no salen de una caja mágica de Silicon Valley ni de un generador con mucha fe y poca ética.

Stone, de 54 años, lo resume con bastante claridad: le cansan las discusiones sobre IA que se quedan en lo trivial, como la idea de meter la declaración de impuestos en una máquina y dejar que “haga los deberes”. Su tesis es otra. Deep Voodoo intenta hacer algo que ningún número de personas podría hacer igual.

De un proyecto sobre Trump a una compañía en toda regla

La empresa, de hecho, no iba a existir como tal.

Nació por culpa de Donald Trump.

A finales del primer mandato de Trump, Parker y Stone desarrollaban una película basada en deepfake sobre el entonces presidente. La idea era injertar su cara sobre el cuerpo de otro actor y hacer que fuera perdiendo el control, y finalmente también la ropa. Pero no lograron que ningún estudio igualara la calidad técnica que necesitaban. Según cuenta Stone, varios equipos de efectos especiales de Los Ángeles les dieron largas. Y, como ya les había pasado otras veces, decidieron que ya la montarían ellos.

Buscaron talento en internet, reunieron a especialistas en IA y levantaron una estructura para hacerlo por su cuenta.

La película nunca llegó a materializarse, porque la pandemia la dejó en la cuneta, pero el equipo sobrevivió. Uno de sus primeros resultados fue Sassy Justice, una serie web paródica sobre figuras públicas. Un episodio de 14 minutos con un Trump falsificado se volvió viral. Visto desde 2026, el aspecto visual y sonoro parece tosco. Hace cinco años, sin embargo, aquello era descaradamente insurgente y lo bastante eficaz como para que Parker y Stone reutilizaran parte del material en el estreno de temporada de South Park de aquel mes de julio.

Y de ahí salió otra cosa: una empresa de verdad. A finales de 2022, Deep Voodoo ya había levantado 20 millones de dólares, en parte con dinero procedente de un vehículo de inversión vinculado a CAA, cuando todavía muchos en Hollywood ni siquiera habían empezado a discutir a fondo qué iba a significar la IA para el sector. Qué sorpresa, las grandes preguntas siempre llegan justo cuando el dinero ya está en marcha.

Una empresa pensada para no parecer una empresa de IA

Deep Voodoo parece diseñada para pasar bajo el radar. Sus dos ejecutivos tienen un perfil serenísimo. Jennifer Howell, veterana de la animación que produjo South Park y pasó por media industria de Los Ángeles, es la directora de contenido. Afshin Beyzaee, su consejero delegado, es un abogado sin estridencias que llegó al puesto tras años como asesor jurídico principal de Park County, la productora de Parker y Stone.

Ninguno parece dispuesto a vender humo con grandes proclamas de laboratorio tecnológico. Beyzaee, por ejemplo, insiste en algo bastante menos glamuroso que dominar el futuro: es inapropiado usar la imagen de alguien sin permiso. Qué idea tan revolucionaria, al parecer.

Esa sobriedad es precisamente la que Parker y Stone prefieren. Si vas a usar tecnología generativa en un momento en que todo el mundo está especialmente sensible, mejor parecer un profesor meticuloso que un jefe de startup con chaqueta negra y fervor mesiánico.

La pieza central: licencias y permisos

Deep Voodoo pone el foco, sobre todo, en el licenciamiento. La empresa no trabaja con estudios que no hayan obtenido autorización de los actores o de sus herederos. No tuvieron permiso de la Casa Blanca para el deepfake de Donald Trump que emitieron el pasado verano, aunque sus responsables sostienen que se apoyaron en imágenes de dominio público de un presidente omnipresente.

Beyzaee explica la lógica con bastante franqueza: si unas compañías pagan por usar o licenciar propiedad intelectual y otras no, acaba apareciendo la pregunta de por qué alguien debería pagar. La respuesta de Deep Voodoo es que su servicio solo tiene sentido si respeta la ley, las protecciones y los derechos de las personas. También afirma que rechazan encargos cuando no les convence el nivel de permisos sobre el material aportado por el estudio o la productora.

Ahí está la contradicción más interesante de Deep Voodoo: algunos de los creadores más subversivos del negocio intentan ser los buenos de la IA.

En lugar de rastrear la web en busca de imágenes, o de trabajar sobre modelos entrenados con material recogido de ahí, la empresa usa imágenes licenciadas, ya sea capturadas en su espacio de Venice o entregadas por la propia productora. La sesión incluye nueve cámaras y una serie de preguntas sencillas para provocar distintas reacciones faciales. Con todo ese material construyen un modelo hecho a medida para un proyecto concreto.

Es un proceso lento, especialmente para un uso puntual. Una empresa de Silicon Valley obsesionada con la escala probablemente levantaría una ceja y seguiría a lo suyo. Puede tardar hasta un mes y requerir unas 300.000 imágenes. Pero el resultado es legal, específico y pensado para ese caso. Beyzaee insiste en que el objetivo no es buscar material por la red y meterlo en un modelo como quien vacía una carpeta en un cubo.

Cuando en 2024 rejuvenecieron, y luego volvieron a envejecer, a Billy Joel para el vídeo de su sencillo de regreso, “Turn The Lights Back On”, las transiciones entre décadas funcionaron con tanta naturalidad porque los productores tenían algo hecho para ellos, no una solución pescada de Google y forzada hasta que encajara.

Howell lo resume así: la meta es hacer cine y televisión bonitos y cinematográficos que no saquen al espectador de la historia porque el efecto se vea mal. Según dice, eso tiene mucho que ver con que la empresa fue fundada por artistas que son extremadamente exigentes. Menudo detalle.

Lo que Deep Voodoo sí quiere hacer con la IA

El equipo sabe que muchos actores y guionistas miran la IA con desconfianza, y no sin motivo. Pero sostienen que buena parte de esa rabia debería dirigirse a las herramientas basadas en prompts, pensadas a menudo para generar contenido sin un artista en el centro, o incluso sin controles reales.

Su trabajo, dicen, es distinto porque los actores humanos siguen interpretando, aunque lo hagan bajo algo parecido a una máscara facial digital. Stone subraya que su método no tiene nada que ver con el enfoque al estilo Tilly Norwood que ha inquietado a buena parte de la comunidad creativa. Ellos no escriben una orden y esperan que salga algo. Capturan a intérpretes haciendo su trabajo.

Para él, la parte mágica de la producción es el titiritero, no el muñeco. La tecnología puede fabricar un gran muñeco, sí, pero sin el intérprete solo queda decoración de fondo.

Stone cree además que la IA puede dar lugar a obras que apenas empezamos a intuir. Imagina una película de terror realmente inquietante, una comedia muy divertida o una sátira política capaz de reaccionar con rapidez a la actualidad, en una especie de formato semanal o quincenal al estilo SNL. En ese terreno, dice, los deepfakes no tendrían por qué limitarse a parecer idénticos a una persona concreta, sino que podrían crear híbridos grotescos y perturbadores para capturar una esencia reconocible.

El rejuvenecimiento digital ya ha sido uno de los usos principales de Deep Voodoo, y Stone cree que seguirá siéndolo. Pero él y Howell también señalan otro campo, el de la “transferencia de interpretación”, que permitiría a un actor rodar en ropa de calle sobre un escenario con muy poco trabajo adicional en localización, y después trasladar esa actuación para que parezca que estaba corriendo por París o afrontando un duelo intenso en Pekín. Una especie de ADR tridimensional, porque al parecer el cine todavía no tenía suficientes maneras de complicarse.

Ese avance podría abaratar y acelerar producciones de aspecto auténtico que antes parecían imposibles. La idea de mandar a estrellas y grandes equipos a Europa o Asia para rodar una película de acción podría terminar pareciendo tan anticuada como dibujar a mano una película de animación entera.

Stone reconoce, eso sí, que esto no hará felices a los equipos físicos ni a los lugares que intentan atraer rodajes. Y también admite que los usos de deepfake, aunque en Deep Voodoo se etiqueten claramente como sátira, pueden alimentar una cultura de desconfianza en internet.

Pero él cree que las ventajas serán mucho mayores. Y, en cualquier caso, sostiene que una cosa es poner barandillas y otra poner muros. Esto ya está pasando. Ya hemos visto en televisión contenido que utiliza aprendizaje automático. Y eso, le guste a quien le guste, cambiará el sector.

La pregunta que queda, aunque nadie la diga demasiado alto, es si todo esto acabará llegando también a South Park. Stone cree que sí. Y piensa que podría cambiar el resultado en pantalla.

La serie se hace ahora cada dos semanas. Según él, eso tiene más que ver con la edad del equipo que con la tecnología, pero la tecnología podría significar que vuelvan a casa antes, o que tengan más opciones. Y, en su versión más optimista, que la serie sea mejor.

Lo que viene

Deep Voodoo ya no es solo el experimento que nació de un proyecto frustrado sobre Trump. Es una empresa asentada, con clientes, un proceso propio y una postura clara en un campo donde la claridad escasea con bastante elegancia.

Si la IA va a seguir invadiendo Hollywood, Parker y Stone parecen querer que al menos lo haga con permisos, con actores de verdad y con algo que se parezca a una responsabilidad adulta. No es la imagen típica de la revolución tecnológica, pero tampoco lo era South Park en su día. Y ya vimos cómo acabó eso.