La ofensiva aérea de Estados Unidos e Israel contra Irán ya lleva varias semanas y no pinta bien. Los costos aumentan, la justificación se ha vuelto confusa y las rutas para salir del atolladero están perdiéndose. En lugar de resignarnos, conviene exigir que esta guerra destructiva se detenga.

¿Estaba justificada?

Irán no lanzó un ataque inminente que justificara una guerra de legítima defensa. La explicación ofrecida desde Washington fue preventiva: reducir misiles, frenar interferencias regionales y cortar la posible vía a un arma nuclear. Pero el derecho internacional no avala ataques por mera prevención porque eso abriría la puerta a conflictos sin fin. Además, incluso según esa justificación precaria, la campaña ha resultado un desastre operativo y político.

Lo que lograron y lo que no

Tras neutralizar sistemas de defensa antiaérea, fuerzas de EE. UU. e Israel tomaron el control del espacio aéreo y pueden golpear donde quieran. Netanyahu dice que quedan muchos objetivos; Trump, admitiendo lo evidente, llegó a decir que quedaba "prácticamente nada" por atacar.

Objetivos distintos, misma escalada

Netanyahu parece buscar un castigo sostenido a Irán para retrasar su capacidad de respuesta. Trump, en cambio, ha mostrado preferencias distintas, más orientadas a intentar un cambio de régimen por vías más políticas o postconflicto.

Efectos militares

  • Se han reducido significativamente algunos misiles de largo alcance.

  • Persisten drones y misiles pequeños que siguen golpeando a aliados del Golfo y bases donde está personal estadounidense.

  • Iran ha empleado minas y lanchas rápidas, y ha bloqueado una porción importante del tráfico por el estrecho de Hormuz, afectando suministros de petróleo y gas y presionando al alza los precios.

  • El programa nuclear iraní no parece definitivamente eliminado. Hay informes de material altamente enriquecido enterrado en lugares subterráneos; recuperar eso requeriría una operación terrestre larga y peligrosa, no una acción rápida.

Consecuencias políticas y humanas

La violencia ha reforzado a los sectores duros en Teherán. Tras la muerte del líder supremo en el primer ataque, sectores moderados podían haber buscado acuerdos, pero el bombardeo favoreció a los conservadores, que eligieron al hijo del líder como sucesor. La muerte del alto responsable de seguridad Ali Larijani, conocido por tender puentes entre facciones, elimina una figura que podría haber impulsado un alto el fuego.

La campaña ha tenido un coste humano devastador. El impacto más grave documentado fue el impacto de un misil en una escuela primaria de niñas, que dejó un número muy alto de víctimas, en su mayoría estudiantes. Investigaciones internas han referido datos de apuntado desactualizados como explicación, en un ataque que incluyó una segunda explosión sobre el mismo objetivo.

Las fuerzas atacantes tienen la obligación de tomar todas las precauciones factibles para evitar daños a civiles. En este caso, muchos elementos visibles de la escuela eran identificables en imágenes y en su presencia pública online. Además, en varias ocasiones se registraron ataques contra instalaciones sanitarias, con impactos en personal médico.

Responsabilidad y prioridad

Desde el liderazgo estadounidense hubo mensajes que priorizaron la "letalidad" por encima de las cautelas legales. También se cortaron o debilitaron programas encargados de evaluar daños a civiles. Por su parte, ataques contra depósitos de combustible en los alrededores de Teherán generaron contaminación y problemas de salud para millones de personas.

Riesgos estratégicos

Si Irán no puede ganar por choque frontal, puede buscar victorias asimétricas: atacar infraestructuras energéticas para hacer subir el precio de la gasolina en EE. UU. antes de elecciones, golpear la reputación de los estados del Golfo o seguir presionando rutas marítimas clave. Esos efectos económicos ya se dejan notar en mercados e inflación.

Reacciones internas e internacionales

La opinión pública occidental ha cambiado. El apoyo a Israel en Estados Unidos cayó tras las acusaciones por lo ocurrido en Gaza y por las preocupaciones sobre políticas en Cisjordania, y ahora la operación en Irán añade más rechazo por lo que muchos perciben como agresión. Gobiernos aliados tradicionales muestran frialdad hacia la escalada y hacia las solicitudes de ayuda militar, y en algunos casos se abre una mayor distancia con EE. UU. y un acercamiento relativo a otras potencias.

Las solicitudes de apoyo para proteger barcos en Hormuz recibieron respuestas tibias. También hubo comentarios que vincularon la participación en alianzas defensivas con sumarse a esta ofensiva, algo que apenas convenció a nadie.

Qué debería hacer Washington

La suma de costos económicos, militares y políticos sugiere que la mejor salida para el pueblo iraní y para la estabilidad regional sería acabar con esta guerra. Que el presidente exija la rendición incondicional complica cualquier salida honorable para las partes; aún así, a medida que los efectos negativos se acumulan, lo sensato es que Estados Unidos rechace la propuesta de un conflicto interminable y busque una desescalada real.

Conclusión: La campaña militar no ha conseguido sus objetivos claros, ha fortalecido a los sectores más duros en Irán, ha causado un sufrimiento enorme a la población civil y está desgastando el apoyo internacional. Es momento de presionar para que se busque una salida antes de que el daño sea irreversible.